21 de octubre de 2025

En el regazo: leer con bebés

¿Cuándo empieza el bebé a desarrollar el lenguaje?

El lenguaje oral se empieza a desarrollar desde que el bebé puede percibir la voz de la madre, ya desde el tercer trimestre del embarazo. En torno a ese momento la percepción de los sonidos comienza a generar huella en nuestro cerebro, en el cerebro del bebé.
Posteriormente, el bebé oyente no solo percibirá las voces sino cualquier sonido que se produzca a su alrededor mientras está despierto pero también mientras duerme. Todos estos sonidos van progresivamente generando una memoria de sonidos, unos lingüísticos (producidos por humanos) y otros no.
Paralelamente, el contacto físico con las personas del entorno, especialmente madres y padres, comienza a ser semilla para un vínculo que se irá desarrollando poco a poco a través del tacto, del olor, de la percepción visual de rostros y gestualidad de las personas del entorno y, claro está, a través de las voces. Los bebés sordos se beneficiarán especialmente de la percepción visual y del movimiento, y sus juegos y comunicación se irán desarrollando por estas vías.

Las voces

Las voces, las entonaciones, la musicalidad de nuestras emisiones, la intensidad de nuestras palabras, comienzan a ser elementos diferenciadores para el bebé. Su cerebro toma nota de esos elementos auditivos y los va dotando de significado en cada situación. También su propia voz se convertirá en un juego, en un ruido más que, poco a poco, el bebé irá emitiendo a voluntad. Además, la propia voz se convertirá en herramienta comunicativa en el primer año para el o la pequeña, para llamar la atención del entorno sobre sí misma o sobre los objetos, para transmitir necesidades o malestar. Esta voz se convertirá además en objeto de imitación. Los movimientos, gestos y señalizaciones que forman parte de la comunicación de cualquier bebé, tomarán especial relevancia y significado en el caso de bebés sordos. La imitación tanto de gestualidad como de sonidos se convertirán en un importante juego comunicativo.

Imitar es jugar

Cuando las personas adultas nos acercamos a niños y niñas muy pequeños, especialmente en el primer año de vida, tendemos a modificar nuestra entonación y a a acortar las emisiones, a hablar con frases más cortas, con preguntas sencillas, con vocalizaciones cariñosas a veces sin un significado concreto; todo este pequeño teatro comunicativo es un herramienta para adaptar el lenguaje a un momento evolutivo en donde la entonación y las vocalizaciones repetitivas tienen más importancia para el desarrollo comunicativo que cualquier otro elemento de cualquier idioma.
Para desarrollar una lengua oral, lo primero es reconocer los sonidos de la misma, almacenarlos en el cerebro, probar a emitirlos con nuestra propia voz, y eso es lo que los bebés oyentes hacen mientras imitan esos juegos, teatrillos comunicativos que están construyendo un andamiaje para el desarrollo lingüístico, comunicativo y afectivo. Los mismos juegos comunicativos se desarrollan en el caso de las familias sordas, en este caso, a través de la imitación facial, gestual y motora.

Sentarse en el regazo

El regazo es un lugar de juego. ¿Dónde mejor que cerquita de la piel de mamá o papá, de abuelos o abuelas, de tías y tíos, de amigas y amigos? Hace calor, se escucha muy bien la voz de la persona adulta, se siente el movimiento y la vibración no solo de su cuerpo sino hasta de su laringe al hablar o su estómago al crujir. Todo eso es de por sí una aventura para un bebé sentado en un regazo. ¿Y si, además, la persona adulta le propone un juego? Compartir movimientos, acunar, agarrar, masajear, hacer cosquillas, pellizcar… todo es un juego repetido, una escena del teatrillo comunicativo; pero la persona adulta, además, tiene la herramienta del lenguaje y va llenando de vocalizaciones ese acunar, ese movimiento, ese giro. Unas veces son palabras (más, ¿otra vez?, ¡el caballito!…), otras solo interjecciones, onomatopeyas o sílabas (oooole, ay-ay-ay, aserrín aserrán…) otras, son imitaciones de los sonidos producidos por el o la bebé . Y sobre estas vocalizaciones, estos sonidos lingüísticos, se va afianzando el lenguaje de los bebés con sus imitaciones de sonidos o gestos, que se transformarán con el tiempo en nombres (de juegos, de personas o de cosas…).

El cuento en el regazo

Es ahí, en el regazo, donde suele comenzar nuestra historia con los libros. ¿Por qué? Porque el libro es juego, es un objeto comunicativo, un resumen del pequeño mundo que nos rodea, un compendio de palabras que compartir con las personas.
Y en ese construir de la memoria, del juego interactivo, de la comunicación lingüística (la oral y la signada), los libros son cimientos.
Los libros que ofrecemos a bebés:

• Son de pequeño formato para que los puedan agarrar;
• Son de cartón para que cada página se mueva con movimientos gruesos de la mano y no se arrugue cada vez;
• Son libros con pocas palabras que, la mayoría de las veces, se corresponden con el mundo que rodea al bebé o elementos llamativos;
• Con frecuencia se componen de onomatopeyas fácilmente imitables;
• Muchos de ellos tienen dibujos o imágenes realistas o, por lo menos, reconocibles;
• Juegan con rimas y repeticiones (retahílas);
• Muchas veces se pueden asociar a música o ritmos;
• Son interactivos, requieren de alguna acción a la persona que los lee.

Cuentos para bebés en Hojas de olmo

¿Y después? De Katsumi Komagata: un libro pequeñito, con troqueles circulares que van haciendo de hilo conductor de unas figuras a otras. Formas simples, reconocibles y colores planos sobre fondo blanco para una buena discriminación. El juego se basa en volver la página para responder siempre a la pregunta ¿y después (qué hay)?. Sencillo y divertido, para repetir mil veces junto al bebé.   Bienvenida, de Marta Comín: una delicada bienvenida a un o una bebé. Un juego de desplegar un animal en cada página. Se hace un paralelismo entre partes del cuerpo del bebé y partes de los animales que se despliegan, como naricita de ratón. Un juego y una preciosa muestra de cariño.

Animales de Antonio Rubio y Óscar Villán: cuento de animales salvajes dispuestos a modo de palabras, sus nombres forman un verso. Se repiten algunos, como un estribillo, para darle ritmo a la enumeración. Dibujos simpáticos que se extienden de una página a la siguiente como en una foto panorámica. Para jugar a nombrar y a hacer ritmos con animales.

Luna y la luna de Laura Wittner y Pum Pum: imágenes de Luna (la niña) y la luna (el satélite) que se describen con frases sencillas como en paralelo (Esta es Luna; esta es la luna). Un poema sencillo acompañado de ilustraciones en colores planos que componen bonitas escenas de la niña Luna, del cielo, de bosques, del jardín…

El libro que sabe hacer de todo de Tristan Mory: un libro con piernas, cara y sombrero que invita en cada página a imitar movimientos y gestos faciales sencillos. El narrador establece un diálogo con el lector animándole a descubrir este libro-persona. ¡Divertido!

Que llueva de David Hernández Sevillano y Ximena García: basándose en la canción popular Que llueva, que llueva… este cuento inventa una historia rimada de diversos insectos bajo la lluvia, cada insecto tiene un color de referencia. Para cantar, contar y aprender los colores; incluso puedes escuchar la canción en un QR que se incluye al final.

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