13 de enero de 2025
Objetos
Una canica y una escoba
Mira a tu alrededor, ¿qué ves? Seguramente una mesa, un bolígrafo, una botella, papeles, una escoba… objetos que nos rodean y tienen una función concreta: un boli escribe, una botella contiene el agua, rellenamos los papeles con letras o cifras y con la escoba barremos la cocina cada día. Seguro que alguna vez, barriendo en casa, te has encontrado una canica, un imán, una castaña, un palito o un papel de caramelo. Objetos que hijas e hijos, sobre todo en edades tempranas, se encuentran en el parque o camino al colegio y traen a casa como si de auténticos tesoros se tratara. Y para la infancia lo son. La canica es un tesoro porque es de cristal, rueda rápida e incansablemente y tiene dentro esa suerte de colores que nadie sabe cómo han podido llegar ahí dentro. El imán es mágico, ¡atrae cosas, las retiene, las sujeta sin manos! La castaña es un misterio; la que se cae del árbol es dura, difícilmente podrá abrirse, ¿qué fuerza contiene en su interior? No es una piedra ni una pelota pero lo parece. El palo es lo que uno quiera que sea: un muñequito, un pilar para una construcción con hojas, un útil para excavar la arena. El papel de caramelo tiene un sonido propio, puede ser brillante, colorido o transparente…y, según este aspecto, puede ser un gorrito o una capa para un muñeco o una ventana en una casita construida con piedras y palos.
Es decir, donde las personas adultas vemos utilidad, las criaturas ven juego, ven más allá del objeto, ven historias o posibilidades. Su capacidad imaginativa, el uso lúdico de los sentidos apreciando texturas, brillos, colorido, temperatura, olores, formas, son parte del juego experiencial y simbólico: cuando las criaturas ven lo que no se ve y experimentan con la fantasía. Por eso, la canica, el imán, el papel del caramelo, el palo o la castaña, son tesoros llenos de contenido y aprendizaje.
Un libro
Lo mismo que con las canicas pasa con los libros. Pero, dirás: ¿en qué se parecen una canica y un libro?
Seguro que a tu lado en el salón, en la habitación, encima de cualquier mesa, en una estantería, no muy lejos de ti, hay algún libro. Son unos objetos más que se encuentran a la vista… ¿son unos objetos más? ¿son objetos? ¿se encuentra a la vista todo lo que ofrecen? Pues como pasa con las canicas, la respuesta es no.
El primer tesoro que alberga un libro es una historia. ¿Qué contará? ¿quiénes serán los personajes? ¿dónde ocurrirá? ¿qué les pasará a esos personajes? ¿será verosímil o completamente fantástica? ¿habrá dibujos? Mucha incertidumbre de la buena, de la que nos empuja a hacer, a abrir el libro y tratar de comprender. Después está la comunicación; a través del libro se establecen varias formas de comunicación: por un lado, con quien acompaña en la lectura (un familiar, una profe…); por otro lado, con el exterior, con lo social (¿encaja esta historia en mi vida? ¿podría ocurrir? ¿identifico a algún personaje o hecho del libro con alguien o algo de la vida cotidiana?). Cuando las criaturas van creciendo, se inicia también una comunicación hacia el interior de la persona (¿qué emoción me genera esta historia? ¿puedo entender cómo actúan los personajes? ¿qué haría yo?).
Igualmente, un libro tiene la poderosa capacidad de despertar la imaginación cuando la criatura se inventa una historia parecida a la que acaba de leer, cuando se disfraza de alguno de sus personajes, cuando hace preguntas sobre algo que ha ocurrido en la historia, o cuando llega el cumple de su compa y se acuerda de aquel cuento que leistéis una vez, de vacaciones. Un libro se puede leer y releer, no le pasa como a las camisetas que se quedan pequeñas; puedes leer un libro en la infancia y, al releerlo años después, entender o imaginar cosas que en aquel momento no se te ocurrieron; puedes leérselo a tu hermano pequeño, a tu hija o a tu abuela que no puede leer.
Abrir un libro es abrir una caja con tesoros como esa canica, ese imán, ese palito, esa castaña o ese papel de caramelo.
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